Prostituta

Más guapa que cualquiera de Joaquín Sabina es una canción que me gusta mucho. Cada vez que la escucho siento que me suben aires de bohemio, con cigarro en boca y trago en mano, sentado al fondo de una cantina con un haz de luz que la luna apunta directamente a la mitad derecha de mi rostro. Observando detenidamente a todas las personas que vienen y van, durante días y días. Con un traje holgado que comienza a acumular pelusa y polvo, un poco desgarrado, pero eso sí, muy elegante. Con libros de tristes odas que versan sobre caídos héroes, a salud de quienes brindo. Descuidado del tiempo que me pasa y me vuelve a pasar. Solamente esperando, esperando no se qué, pero esperando.

Se llamaba Soledad y estaba sola como un puerto maltratado por las olas. Coleccionaba mariposas tristes, direcciones de calles que no existen, pero tuvo el antojo de jugar a hacer conmigo una excepción y, primero, nos fuimos a bailar y en mitad de un “te quiero” me olvidó. De Esperanza no tenía más que el nombre la que no esperaba nada de los hombres. Coleccionaba amores desgraciados, soldaditos de plomo mutilados, pero quiso una noche comprobar para qué sirve un corazón y prendió un cigarrillo y otro más como toda esperanza se esfumó. Por eso, cuando el tiempo hace resumen y los sueños parecen pesadillas, regresa aquel perfume de fotos amarillas. Y aunque sé que no era las más guapa del mundo, juro que era más guapa que cualquiera. Se llamaba Inmaculada aquella puta que curaba el sarampión de los reclutas, coleccionaba nubes de verano, velos de tul roídos por gusanos. Pero quiso quererse enamorar como una rubia del montón y que yo la sacara de la “calle de los besos sin amor”. Mil años después, cuando otros gatos desordenan mis noches de locura, evoco aquellos ratos de torpes calenturas. Y, aunque sé que no era la más guapa del mundo, juro que era más guapa, más guapa que cualquiera.

— Joaquín Sabina